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La necesaria preparación de la mente y del corazón para el encuentro con Cristo en la Eucaristía hace imprescindible la meditación en este gran misterio. Llegar a la Eucaristía como si fuese un mero acto más, terminará agriando el alma y alejando toda devoción benéfica.

 

El momento más solemne de mi vida es cuando recibo la Santa Comunión.  Anhelo cada Santa Comunión y agradezco a la Santísima Trinidad por cada Santa Comunión. Si los ángeles pudieran envidiar, nos envidiarían dos cosas: primero, la Santa Comunión y segundo, el sufrimiento. (Diario, 1804). 

 

Una cosa siempre pido a Dios: que me conceda tal amor que toda mi atención, inteligencia y voluntad se centren en Cristo presente realmente en la Eucaristía.

Somos humanos; y por eso sumamente frágiles. Y aunque como cristianos sabemos de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, no siempre le rendimos suficiente homenaje y respeto. Muchas veces –y no necesariamente por maldad– actuamos como si Dios no estuviera entre nosotros ¿Por qué? Por qué sencillamente somos débiles e inconstantes.

¡Y el Dios eterno está ahí! No estoy delante de una mera representación simbólica de Jesucristo, como lo son las imágenes; estas representan y recuerdan a Cristo, y si están bendecidas aún nos ayudan a acercarnos a Dios y a hacernos más devotos –gracias a la fuerza de nuestra oración y de la acción divina–, pero no son Él. La Sagrada Escritura impresa –una Biblia– contiene la misma palabra de Dios y su voluntad escrita para los hombres: es la carta de Dios para mí; pero tampoco es Dios. En la Eucaristía, sin embargo, está Dios. Y aunque las apariencias de pan y vino engañen mi vista, mi gusto y mi tacto, sé –porque lo dijo el mismo Hijo de Dios cuando vivió entre nosotros– que aquello era su Cuerpo y Sangre.

Todavía más, la Iglesia ha mantenido esta fe en la Presencia Real durante siglos y jamás ha dudado de ella. Muchos hombres y mujeres han derramado su sangre por no ofender a la Eucaristía porque creían en esta Presencia. Así, los cristianos de todos los tiempos han confesado que lo que tenemos delante nuestro no es simplemente pan, sino el mismo cuerpo de nuestro Redentor.

Aún más, Dios ha querido venir en auxilio de nuestra debilidad y obró numerosos milagros eucarísticos: hostias trocadas en carne viva, conversiones imposibles, curaciones prodigiosas, victoria sobre enemigos más poderosos… Todo como un regalo de la Misericordia Divina para que estemos seguros que Él mismo está en medio de nosotros.

Pero somos débiles e inconstantes; sabemos todo esto y todavía así acostumbramos ser negligentes en nuestra adoración a Dios en la Eucaristía. Lo recibimos mal, o con insuficientes disposiciones, o con poca adoración. Y sin embargo, ¡es el mismo Creador el que viene a nuestra pobre alma! ¡Con cuánto deseo hemos de recibirlo!

La meditación constante de estas verdades puede ayudar al alma a excitar más ese amor que espera al Amado. Así como el pensamiento constante de la amada hace que el enamorado la busque más, la oración constante y la meditación hacen que el alma busque a Dios y lo encuentre en la Eucaristía principalmente.

¿No es acaso “comunión” eucarística el término que utilizamos? ¿Y no es la comunión una unión íntima? ¿Y cómo podremos unirnos a alguien si no lo deseamos? Sin deseo, sin ansias, la unión no se da sino de manera forzosa. Así, el alma que quiera unirse intensamente a Dios, que quiera “comulgar” bien, deberá desear a Dios; y este deseo de Dios es tanto más fácil y creciente cuánto más pensamos en Él, en como agradarle, en como servirle, en como obedecerle.

Sabemos que no siempre es fácil; el que diga lo contrario o es un santo consumado, o miente. Mientras peregrinamos en este valle de lágrimas y vivimos en esta carne mortal el estado de naturaleza herida hace que nuestras comuniones se conviertan muchas veces en rutinarias y secas. Pero no hay que rendirse, pues el Señor conoce nuestras imperfecciones y nuestra fragilidad; y por eso nos ha recordado que “estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Busque pues el alma que quiere alcanzar las alturas de la perfección este manantial de misericordia y de toda sabiduría. Busque en Él la suave briza y las verdes praderas. Busque finalmente ese lugar de reposo que todos buscamos. Si buscamos esto y lo encontramos en la Eucaristía, en Dios, ¿no lo recibiremos con más ansias?

 

Publicado en la Revista Soldado de la Divina Misericordia
de julio de 2013.

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