Rahab, La "casta Meretriz"

Adrián Cativelli publicaba en su blog, un poco indignado, que la Iglesia del Paraguay mostraba su cara de “Puta (sic), también, en miras a las miserias e ignominias de la abrumadora mayoría de sus miembros, incluidos muchos de aquellos que integraron e integran sus estructuras jerárquicas” al oponerse a la Ley contra la discriminación que se asomaba como una suerte de mordaza para no hablar ya acerca de ningún tema que pudiese molestar a los lobbyes de todo tipo.

Esta afirmación, tan inapropiada como demostrativa de su ignorancia supina, se debe a aquella frase -de verdad prostituída- según la cual muchos (sic) padres de la Iglesia, entre ellos San Agustín, supuestamente habrían sostenido que la Iglesia era “casta y prostituta”.

En el siguiente artículo publicado hace un tiempo por Sandro Magister desmiente esta idea de la propaganda progresista, aludiendo para eso al texto donde el mismo San Ambrosio utiliza la tan polémica frase.

No, señores. La Iglesia no es “santa y pecadora”. Ella es santa y tiene por misión conservar la santidad en el mundo. Santidad que debe ser resguardada aún a costas de los insultos y contradicciones de este mundo que rechazada a su mismo creador y a su enviado, Jesucristo.


¿Iglesia pecadora? Una leyenda que desmentir por completo

La fórmula está cada vez más de moda, pero es ajena a la tradición cristiana. San Ambrosio llamó a la Iglesia “meretriz” precisamente para exaltar su santidad. Más fuerte que los pecados de sus hijos

por Sandro Magister

ROMA, 26 de abril de 2010 – Al referirse al encuentro entre Benedicto XVI con los cardenales en el quinto aniversario de su elección, “L’Osservatore Romano” ha escrito que “el pontífice ha hecho referencia a los pecados de la Iglesia, recordando que ella, herida y pecadora, experimenta más el consuelo de Dios”.

Pero es dudoso que Benedicto XVI se haya expresado de esa manera. La fórmula “Iglesia pecadora” nunca ha sido suya. Y siempre la ha considerado equivocada.

Por citar sólo un ejemplo entre tantos, en la homilía de la Epifanía del 2008 definió la Iglesia de un modo totalmente distinto: “santa y compuesta por pecadores”.

Y si examinamos bien encontramos que siempre la ha definido de ese modo. Al termino de los ejercicios de Cuaresma del 2007, Benedicto XVI agradeció al predicador – que ese año fue el cardenal Giacomo Biffi –  “por habernos ayudado a amar más a la Iglesia, la ‘immaculata ex maculatis’, como usted nos ha enseñado con san Ambrosio”.

Efectivamente, la expresión “immaculata ex maculatis” está en un pasaje del comentario de san Ambrosio al Evangelio de Lucas. La expresión significa que la Iglesia es santa y sin mancha, aún cuando acoge en ella a hombres manchados de pecado.

El cardenal Biffi, estudioso de san Ambrosio – el gran obispo de Milán del siglo IV que fue también el que bautizó a san Agustín – , publicó en 1996 un ensayo dedicado precisamente a este tema, que contenía en el título una expresión más osada aún, aplicada a la Iglesia: “Casta meretrix”, meretriz casta.

Esta última fórmula es desde hace décadas un lugar común del catolicismo progresista. Para decir que la Iglesia es santa “pero también pecadora” y debe siempre pedir perdón por los “propios” pecados.

Para darle valor a la fórmula, se suele atribuir a los Padres de la Iglesia en bloque. Por ejemplo, Hans Küng en su ensayo “La Iglesia” de 1969 – es decir, en lo que es quizá su último libro de verdadera teología – escribió que la Iglesia “es una ‘casta meretrix’ como se le ha llamado frecuentemente desde la época patrística”.

¿Frecuentemente? Por lo que se sabe, en todas las obras de los Padres, la fórmula aparece una sola vez: en el comentario de san Ambrosio al Evangelio de Lucas. Ningún otro Padre latino o griego la ha usado jamás, ni antes ni después.

Lo que ha favorecido la fortuna reciente de la fórmula ha sido quizá un ensayo de eclesiología de 1948 del teólogo Hans Urs von Balthasar, titulado precisamente “Casta meretrix”. En el cual de hecho no se hace la aplicación directa a la Iglesia de la naturaleza de “pecadora”.

¿Pero en qué sentido san Ambrosio habló de la Iglesia como de una “casta meretrix”?

Simplemente, san Ambrosio quiso aplicar a la Iglesia la simbología de Rajab, la prostituta de Jericó que, en el libro de Josué, hospedó y salvó en su propia casa a unos israelitas fugitivos (arriba, Rahab en una incisión de Maarten de Vos de finales del siglo XVI).

Ya antes de Ambrosio Rajab había sido vista como “prototipo” de la Iglesia. Así en el Nuevo Testamento, y luego en Clemente Romano, Justino, Ireneo, Orígenes, Cipriano. La fórmula “fuera de la Iglesia no hay salvación”, nació precisamente del símbolo de la casa salvadora de Rajab.

Aquí el pasaje en el que san Ambrosio aplicó a la Iglesia la expresión “casta meretrix”:

“Rajab – que en el tipo era una meretriz pero en el misterio es la Iglesia – indicó en su sangre el signo futuro de la salvación universal en medio al asedio del mundo. Ella no rechaza la unión con los numerosos fugitivos, tanto más casta cuanto más estrechamente unida al mayor número de ellos; ella que es virgen inmaculada, sin pliegue, incontaminada en el pudor, amante pública, meretriz casta, viuda estéril, virgen fecunda… Meretriz casta, porque muchos amantes la frecuentan por lo atractivo del amor, pero sin la contaminación de la culpa” (In Lucam III, 23).

El paso es muy denso y ameritaría un análisis de cerca actualizado. Pero para limitarnos a la expresión “casta meretrix”, he aquí como el cardenal Biffi la explica:

“La expresión ‘casta meretrix’ lejos de aludir a algo pecaminoso y reprobable, quiere indicar – no sólo en el adjetivo sino también en el sustantivo – la santidad de la Iglesia. Santidad que consiste tanto en la adhesión sin titubeos y sin incoherencias a Cristo su esposo (‘casta’) como en la voluntad de la Iglesia de alcanzar a todos para llevar a todos a la salvación (‘meretrix’).

Que luego a los ojos del mundo la Iglesia pueda aparecer ella misma manchada de pecados y golpeada por el público desprecio, es una suerte que remite a la de su fundador Jesús, que también fue considerado un pecador por las potencias terrenas de su tiempo.

Y es lo que dice también san Ambrosio en otro pasaje de su comentario al Evangelio de Lucas: “La Iglesia justamente toma figura de la pecadora, porque también Cristo asumió el aspecto de pecador” (in Lucam VI, 21).

Pero precisamente porque es santa – de la santidad indefectible que le viene de Cristo – la Iglesia puede acoger en ella a los pecadores y sufrir con ellos por los males que padecen y curarlos.

En días calamitosos como los actuales, llenos de acusaciones que quieren invadir precisamente la santidad de la Iglesia, esta es una verdad que no se debe olvidar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *