El Corazón De Cristo Se Nos Entrega En La Eucaristía

Oh Hostia Viva, mi única Fortaleza, Fuente de Amor y de Misericordia, abraza al mundo entero, fortifica a las almas débiles.  Oh, bendito sea el instante y el momento en que Jesús nos dejó Su misericordiosísimo Corazón (Diario de Santa Faustina, 223). 

Cada vez que podemos meditar en la Última Cena del Jueves Santo antes de la Pasión, y miramos al apóstol San Juan recostado en el pecho de Nuestro Redentor, podemos pedirle permiso para que también nosotros hagamos lo mismo otro tanto:

–“Juan, ¿me permites recostarme también un poco en el pecho de Cristo?”.

Y Juan nos responderá:

–“Por supuesto; hay lugar para todos”.

E inmediatamente Cristo nos acoge en sus brazos para que escuchemos los latidos de su Divino Corazón. ¿A qué ritmo late este Sagrado Corazón? ¿Con qué frecuencia? ¿Con cuánta fuerza? Pues late del modo como cada cual necesita. El Corazón de Cristo, de dónde salieron aquellos rayos luminosos de la sangre y el agua, la Eucaristía y el Bautismo, está dispuesto a dar su amor a todos los pecadores sedientos que se acerquen a beber de este manantial inagotable de Gracia.

Pero esto que acabo de decir sería solo una bella prosa vacía si no pudiéramos realizarlo de verdad. Y es en el sacramento de la Eucaristía dónde se hace real este misterio insondable, misterio de hondura infinita. Cada vez que comulgamos, según aquellas palabras de Santa Teresita del Niño Jesús, Cristo besa nuestra alma, y nosotros podemos recostarnos en su pecho y escuchar su Divino Corazón, del mismo modo como lo hiciera San Juan en la última cena. Así como el beso entre dos enamorados implica una cierta unión, más fuerte cuanto mayor sea el amor, así esa comunión eucarística que recibimos es una unión mucho más fuerte aún que aquella que tuvo San Juan a Cristo cuando se recostó en Él. Una unión más íntima y transformadora. Es la unión del alma con Dios.

¿Qué alma no será fuerte con Dios? Si Dios con nosotros quién contra nosotros. El que recibe la Eucaristía recibe el Pan de los ángeles, el Pan del Cielo. El Pan que es capaz de saciar toda nuestra hambre de eternidad. El alma que comulga devotamente se hará fuerte, no con fuerza física, no con fuerza de hombres que creen poder mover el mundo con sólo su querer,  sino con la fuerza del Creador y Conservador de todo el universo.

¿Cuántos no hacen de todo para acercarse a la Divinidad? ¿Cuántos hay por todas partes buscando acrecentar sus fuerzas, hacerse más poderosos, alcanzar grandes alturas? Mientras tanto, el alma cristiana y devota se alza a lo más alto del cielo con sólo arrepentirse de sus pecados y recibir la Sagrada Comunión. El alma que comulga devotamente se une con el Hacedor de todas las cosas y se eleva como sobre alas de águila a las alturas de la unión con Dios. La unión con Dios no es un privilegio de pocos, pues lo puede hacer cualquier cristiano que comulga en la Santa Misa teniendo las debidas disposiciones.

Quizá te preguntes: Si siempre comulgo ¿cómo es que no experimento toda esta belleza de la unión con Dios? ¿Cómo es que mis comuniones se han hecho rutinarias y aburridas? Pues bien, es necesario que comprendamos la lógica del Divino Agricultor: aunque la semilla sea fuerte y de buena calidad, si la tierra no está bien abonada y removida, no dará sus frutos. La semilla de la gracia divina que se deposita en nuestra alma es la Eucaristía, semilla de vida eterna que comienza ya a dar sus flores en esta vida, pero cuyo mejor fruto es la salvación. La tierra es nuestra alma que debe estar bien dispuesta para recibir y hacer fructificar la semilla. Las buenas disposiciones son la ausencia de pecado grave, el rechazo del pecado venial, la prontitud para hacer la  voluntad de Dios y todas las demás virtudes. Cuando el alma progresa en la vida espiritual se hace mejor dispuesta a hacer fructificar más y mejor los frutos de esa semilla divina que es la Eucaristía. Por eso no es difícil entender que aquellas almas que recién comienzan el caminar cristiano, no suelen recibir ningún consuelo al comulgar, porque aún están apegadas a muchos afectos carnales, aún están atadas voluntariamente a esta tierra, y así no se puede volar.

Si quieres comulgar y quieres que esa comunión produzca sus frutos de vida eterna, ten en cuenta que Cristo querrá verte disponible para hacer su voluntad y progresar cada día hacia la perfección, esto es, hacia la santidad. Es muy probable que tu disponibilidad no sea perfecta en el primer intento, y más de una vez  comulgues teniendo el corazón todavía apegado a los bienes mundanos; no importa, pues si perseveras en el buen propósito, la misma Eucaristía con su fuerza te irá limpiando.

¿Que comulgas hace mucho tiempo y no ves los frutos que deseas ni alcanzas la santidad que pensaste alcanzarías? Examínate entonces para ver si en tu interior no hay algún hilito de apego a los bienes del mundo y a las criaturas. Las aves pequeñas si están atadas, aunque sea con un delgado hilito, no pueden volar. Por tanto, procura –si quieres fructificar en frutos de vida eterna con la Eucaristía– no solamente rechazar los pecados mortales, sino también los pecados veniales consentidos, que son aquellos pecaditos que nadie ve y que no hacen daño –aparentemente– a nadie, pero que son pequeñas faltas al Amor.

Recuéstate una vez más en el pecho de Cristo y escucha una vez más su Corazón, y te animarás a darte cada vez más a Él, así como el se da todo entero en cada Eucaristía.

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