Familia Comida Antiguo

Hemos escuchado cuando niños –al menos los que son de mi generación– que la base de la sociedad es la familia, como célula fundamental. O sea, que la sociedad está formada principalmente por el conjunto de las familias y que estas, a su vez estimulan la creación y organización de otras instituciones intermedias necesarias para su sustento.

Difícilmente, sin embargo, encontraríamos hoy una institución tan atacada y desvalorizada como la familia. Y aunque en las redes sociales encontremos en estos días vacacionales un montón de fotografías familiares de encuentros, cenas y recreaciones, lo cierto es que las bases de la familia han sido certeramente comprometidas.

En efecto, no hay familia que no se encuentre hoy amenazada de alguna manera: la televisión y la internet –con todas sus variantes– han ocupado el lugar de las charlas y reuniones familiares. El libertinaje de los hijos y el respeto humano de los padres, por el cual temen corregir y guiar para no causar disgustos, son ahora parte de la nueva ética educativa. Otro tanto se puede decir del sentimentalismo barato, que impide formar las virtudes mas arduas en los jóvenes; y el consumismo y la ociosidad, gracias a los cuales las fiestas –navideñas, principalmente– no son tales si no están marcadas por una fastuosa fiesta familiar, un viaje o un día en la piscina de algún balneario. No olvidemos de la música y el espectáculo –a veces obsceno y desordenado– que estupidizan las conciencias, cegándolas para la luz de la verdad.

El problema –digamos una vez más– no consiste en muchas de las cosas citadas antes, que no son malas por sí mismas. El problema está en reducir la familia a una fotografía grupal, la felicidad a una sonrisa, la alegría a un espectáculo.

Bastaría, para ser felices, una fuente de sopa paraguaya, una jarra de tereré y una ronda en el patio, junto con los niños jugando en el suelo aquellos juegos inventados por su fértil imaginación. Basta para ser felices muy poca cosa. Porque la felicidad familiar se encuentra fundamentalmente en la unión de las almas en el amor. Y eso, no depende ni de distancias, ni de regalos, ni de comidas, ni de fiestas, ni de encuentros. Depende sólo del amor.

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