El Pensador

Todos los días escuchamos en los más diversos medios de comunicación las expresiones  más descolocadas acerca del amor propio y de la exaltación de la personal opinión como sujeto de todos los derechos: “mi” opinión, “mi” pensamiento, “mi” forma de ver las cosas… etc. Todos hacen gala de su libertad personal, haciendo gala de su ignorancia; y como si fuera poco, exigen que todo el mundo les aplauda como si sus tales verdades fueran de una seriedad que llega a ser capaz de derribar cualquier dogma antiguo y sempiterno.

Debo reconocer que este tema me apasiona: la capacidad personal de decir lo que a uno le venga en ganas. Porque no podemos negar que nuestra naturaleza humana nos concede la posibilidad de decir cualquier cosa, buena o mala. Eso verdaderamente exige de nosotros una gran responsabilidad por aquello que decimos y sostenemos. Hemos de asegurarnos que lo que defendemos es defendible y lo que sostenemos es sostenible.

Y sin embargo se sostiene cada cosa, y por causa de criterios cada vez más asombrosos y creativos: que la mayoría, que las minorías, que el pueblo, que sus representantes, que la ley aprobada o los proyectos por aprobar, que el amor y otras tonterías. Estos criterios todo el mundo los conoce y utiliza, pero a nadie se le ocurre pensar que adolecen de un subjetivismo galopante, capaz de producir altas dosis de fiebre relativista. No en vano hoy nadie sabe dónde está la verdad ni qué es la verdad, sino que la gran mayoría se contenta con asegurarse “su” propia “verdad”, aunque esta “verdad” sostenga que los hombres pueden llegar a quedar preñados. ¡Santo Dios!

Y nuestra sociedad moderna se jacta constantemente de su capacidad asombrosa de encontrar y sostener múltiples verdades totalmente opuestas entre sí. Sociedad pluralista le llaman algunos. Dicen que el cielo es azul, pero otros están en desacuerdo, creen que eso es dogmatismo católico medieval: ¿Por qué el cielo debe ser azul? Ha de ser uno de esos dogmas oscurantistas del cristianismo. Digamos que el cielo es rosado o verde limón; pero no importa, lo importante es el amor.

Ud., amable lector, podrá proponerme mil posibilidades de conversaciones como la anterior, y aunque la verdad sea desflorada del modo más criminal, nadie podrá decir nada, porque “las leyes de este estado laico aseguran la libertad de expresión y conciencia”. Claro, decir estupideces es gratuito y además un derecho.

Reconozco que soy un dogmatista. Ese es mi delito. Me parece que hay verdades innegociables y absolutas. Siempre me pareció que hay verdades inmutables y eso me da seguridad de que estoy pisando sobre tierra firme, y no sobre fango escurridizo como son las meras opiniones sin fundamento. Soy lógico, un enfermo lógico. Tanto que el mismo amor jamás me gustó definirlo como un sentimiento –no se preocupen los románticos, tengo un lugar para ustedes en mi corazón, pues también pienso que el amor tiene algo pequeñito de sentimiento, pero que no es tan importante– porque sencillamente el amor no puede pasar ni pasa, ni jamás pasará, y por eso no puede ser un sentimiento, mezcla explosiva de pasiones y chuletas que a veces nos traiciona.

Y sin embargo, no importa cuántas veces demostremos con cálculos científicos y matemáticos que la verdad no puede ser una y otra contraria al mismo tiempo. No importa que Pitágoras se suicide. No importa que el mismo Aristóteles se revuelque en su tumba. No importa. Lo que importa es ese sentimiento que me hace ver las cosas de un modo, y esa es “mi verdad”.

Me temo que este tema de seguir los impulsos sentimentales tiene algo que ver con la reforma protestante y su doctrina de la interpretación privada de la Escritura. Lutero pensaba que el Espíritu Santo podría inspirar a cada uno la verdad total. ¿Lo que pienso? (ya que esto vale hoy en día): Que Lutero era demasiado optimista. Si yo le pregunto a mi sobrino pequeño qué quiere hacer, si ir a la escuela o quedarse a jugar en la plaza con los amigos, aunque le ilumine el Espíritu Santo y venga una lengua de fuego sobre él, probablemente habrá de ausentarse a clases una vez más.

¿A dónde llegaremos? Ni idea. Y si supiese creo que entraría en estado de shock. La sociedad occidental con su pluralismo de la mentira va camino a no saberse reconocer más que en los sentimientos animalescos de sus impulsos. Con todo respeto por los animales, claro, que son ordenados y ellos sí siguen los imperativos de la ley natural. El ser humano, si no obra conforme a su naturaleza racional, si no obra según la lógica programada en su alma, si no obra como hombre racional –aunque esto implique repetir el concepto– entonces ni siquiera podrá ser un buen animal. El hombre es hombre o no es nada.

Pues bien, aquello de “yo pienso” solo tiene sentido en la medida que ese “pienso” tiene algo que ver con una verdad absoluta y estable, con la realidad. La verdad o se abraza, o se la rechaza para fornicar con la mentira. Pero no hay términos y posibilidades medias.

Finalmente se preguntarán ¿Quid est véritas? (Qué es la verdad)  Y entonces el silencio responderá a los que no la quieren ver.

This Post Has One Comment

  1. Antonio CASTILLA Luque

    Me ha fascinado este artículo. Soy profesor de religión, filosofía y ética y me gustaría reproducir este artículo para mis alumnos.
    Me han recomendado sus artículos otro profesor y me encantan.
    Un abrazo

    ________________________
    JMM

    ¡Adelante! Todo sea para la gloria de Dios.

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