Navidaad2015 Jmm

25 de diciembre
En la Natividad de N. S. Jesucristo

Homilía de la Misa de Medianoche
de la Navidad del 2016.

I

En el pesebre reinaba un melódico silencio. No podíamos esperar otra cosa, porque en la cueva de Belén estaba toda la corte celestial. En efecto, en la Anunciación sólo el arcángel Gabriel pudo contemplar el sí de la Virgen; pero para el Nacimiento, el sindicato celestial de los ángeles reclamó el mismo derecho, empujando a la Divina Providencia a otorgar lo que con suplicas rogaban: ver y adorar al Salvador.

No era para menos, pues en el inicio, antes del tiempo y antes de que fueran creadas las cosas materiales de este mundo, cuando Dios quiso probar a los ángeles para concederles el premio de ver su Santísimo Rostro, dicen los Doctores de la Iglesia, en especial Santo Tomás de Aquino, que Dios sometió a una prueba a estos seres espirituales purísimos revelándoles su futuro plan de salvación. Dios les hizo saber que Él se haría como hombre, tomando carne de las entrañas de una mujer, y ellos, los ángeles, –muy superiores a los hombres– tendrían que adorarlo así, hecho Dios y hombre verdadero. Esto, obviamente, produjo un gran revuelo en las alturas, principalmente entre los soberbios; y uno de los más bellos y poderosos de estos seres angélicos, llamado Lucifer, se reveló, siendo expulsado del cielo junto con sus secuaces. Pero los ángeles que quedaron fieles, que creyeron en Dios y se sometieron a ese plan divino, entraron en la gloria del cielo, y fueron confirmados en gracia, viendo inmediatamente a Dios. Fueron premiados por su fe.

Siglos pasaron desde aquel entonces. El mundo fue creado, el hombre ya había pecado y la humanidad se preparaba para la llegada del Salvador. Escuchamos en el pregón de Navidad cómo toda la historia humana preparó este momento culminante. Sin embargo, nadie esperaba tan ansiosamente, por así decirlo, al Redentor, como los ángeles buenos, aquellos que creyeron en el Redentor sin haberlo visto. Ellos esperaron la venida del Salvador y por eso pudieron no solo verlo el día de su nacimiento, sino Adorarlo e incluso anunciar su venida a los pastores.

 

II

Decíamos al principio que en el pesebre reinaba un melódico silencio. Toda la corte celestial se encontraba presente. Todos cantando suavemente los cantos del cielo –muy parecidos al canto gregoriano, para que no vayan a pensar que aquello sonaba a rock and roll– porque no se trataba simplemente de no despertar al niño, sino de darle una melodía digna de su grandeza… Pero, ¿qué decimos? ¿de qué grandeza hablamos? Si aquel niño era en apariencia como cualquier otro: lloraba, se le caía la baba o había de ser limpiado. Y sin embargo, en su fragilidad se encontraba el mayor de los misterios de la humanidad. Aquel era el niño del cual los antiguos poetas paganos profetizaban que regiría el mundo con vara de hierro. Así es Dios, que también da el don de profecía a los paganos, pero para prepararlos a la aceptación del único redentor del mundo. Ese niño, decía Virgilio, será, aún con su debilidad, el Rey del mundo, porque no es un niño cualquiera, sino el Dios del Universo. Y sin embargo, había que cambiarle los pañales.

«Puer natus est nobis et filius datus est nobis,
cuius imperium super humerum Eius» Isaías 9, 5.

(Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.
Estará el señorío sobre sus hombros)

¡Que gran misterio de humildad y poder, unidos en un solo instante! Los ángeles, seres poderosos que cumplen las órdenes de Dios, se postran ante un niño minúsculo e indefenso. ¿No será esta la misteriosa fuerza que mueve a millones de cristianos alrededor del mundo a celebrar agradecidos, aunque a veces inconscientemente, estas festividades? ¿No será este misterio de anonadamiento el que hace de estas fiestas tan apreciadas por nuestros mismos niños? Porque no hay fiesta que más agrade a los niños que las fiestas de Navidad. Quizá los niños intuyan que Dios se hizo como ellos, y eso los alegre tanto, les hace sentir importantes.

«El que no se hace como niño, no puede entrar en el Reino de los Cielos», dice el Señor. Dios quiso Él primero cumplir este mandamiento sin el cual no podemos alcanzar la plenitud. Dios quiso, en las fiestas de Navidad, mostrarnos que sus palabras él las llevaría a la práctica primero, incluso hasta el extremo. No podemos pensar que haya siquiera una sola coma o tilde de la Escritura que el mismo Cristo no la haya cumplido. Pero pensar que también el Dios del cielo se hizo indefenso y vestido de pañales, eso nos asombra y casi como que nos obliga a postrarnos, no tanto por la inmensidad de su poder, sino porque habiéndose él abajado tanto, no podemos nosotros dejar de abajarnos al menos igual. Allí está el Rey del mundo, recostado en la batea, aquí el pecador, de rodillas y penitente, pidiendo perdón.

Dios no necesita hacerse como un niño. Ni siquiera era necesario que viniera a este mundo para redimirnos. Es más, es verdadero decir que tampoco estaba obligado a salvarnos, sino que muy bien podía habernos abandonado a nuestra suerte y creado otro mundo mejor. Pero Dios, no solo no se cansa de nosotros, sino que además quiso Redimirnos de nuestra deuda de muerte; y como si fuera poco –dirían los buenos vendedores– nos dio ejemplo de cómo hemos de vivir para alcanzar el cielo. O sea, esto del pesebre no es otra cosa que el modelo de la humildad que debemos vivir, y –por qué no decir– una bofetada a nuestra soberbia que nunca deja de querer hacer a un lado a Dios. Si fuéramos nosotros los Redentores del mundo, muy probablemente hubiéramos querido nacer en un palacio, vestidos de oro; y no es que tal cosa estuviese mal en sí misma –pues recordemos que la nueva Jerusalén bajara del cielo engalanada y vestida con piedras preciosas por el mismo Dios– sino que para alcanzar la verdad, antes debemos reconocer que somos nada delante de Dios. Y para eso, la humildad.

 

III

Al mirar hoy el pesebre aquí en el templo y en nuestras casas, no dejemos de meditar en las virtudes propuestas por Dios: primera y eminentemente en la humildad, del Dios hecho hombre que se abaja para que nos acerquemos a él, para que también nosotros nos abajemos para socorrer las necesidades de los pobres; la religiosidad y piedad de los rudos e ignorantes pastores, que al ver a los ángeles los obedecieron inmediatamente, dejando el descanso para adorar al Mesías nacido, para que nosotros también busquemos oír a la Iglesia que nos llama cual ángel a adorar a Dios en espíritu y en verdad; la fortaleza de los reyes magos, para que también nosotros estemos dispuestos a recorrer incluso grandes distancias con tal de ofrecer a Dios nuestro mejor regalo, nuestro corazón; el espíritu apostólico de la estrella de Belén, que guió a los reyes de oriente hasta el pesebre, para que nosotros seamos luminosos con nuestra conducta y atraigamos a los alejados hasta Cristo; y el silencio de José y María, para que delante de Dios sepamos guardar silencio y abramos nuestros oídos a la melodía del Cielo que canta: «Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres que aman al Señor».

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