El Hijo Pródigo De Rembrandt

Es cierto quizá: por defender los derechos de Dios y su justicia, algunos han cargado sobre otros una carga insoportable. Se ha querido insistir en la conversión y en la pureza formal por sobre la gracia de Dios que actúa según su propio tiempo y medida.

Sin embargo, como la ley del péndulo no falla, al regreso de tiro, tenemos ahora una expresión de la misericordia que pretende eliminar los mandamientos, la disciplina y aún la mera obligación, porque con eso -dicen- “no mostramos misericordia con la gente”.

El buen padre recibió al hijo… que regresa.¡Pero! -el odioso “pero” que jamás queremos escuchar- no nos engañemos, que la misericordia de Dios no fue ni jamás será connivencia con el mal. Dios es misericordioso con todos los pecadores… que se arrepientan. Esto es muy fácil de ver: Con los fariseos, que no abandonaban su pecado, Cristo, imagen del Padre, jamás -repito, jamás- fue misericordioso, porque no abandonaron su pecado. La misericordia está lista para quienes se arrepientan. Para los demás, no.

Obviamente, hemos de predicarles a todos que Dios está pronto a perdonarles; que no importa cuántos pecados hayan cometido que Dios los recibirá siempre, y otras cosas afines y tan consoladoras como estas. Pero no podemos decirles que da igual el que sigan en su pecado o no. Eso no, pues sería mera expresión de un deseo apóstata, no una verdad. Cristo, recibió a pecadores, sí, pero arrepentidos.

Ya sé que volverán a decirme que las cosas no son tanto así, que hay que ver cada caso, que pitos y flautas. Pero aquí sólo tenemos en cuenta un punto en particular que es, por de pronto, indiscutible. Hablar de una misericordia indiscriminada, para todos, cómplice del pecado, donde no se le pide a nadie que deje sus vicios, es una gran mentira, un engaño. Es una farsa del tamaño de un Titanic. Y el Titanic se hundió.

Por si acaso debo decir: no soy un santo que apunta los pecadores, sino un pecador que conoce las propias miserias y lo difícil que es convertirse de veras. Pero, ojo, no me hago la ilusión de entrar al cielo sin arrepentirme. Eso sólo es posible para los ladrones que entran por otro lugar que no por la puerta del corral.

Un Rey convidó primero a sus invitados privilegiados. Estos rechazaron. Luego invitó a otros muchos, y muchos entraron. Sin embargo, sólo pudo permanecer en la fiesta quien tenía el traje de gala. A uno lo encontró sin el tal traje y lo echó. ¡Vaya falta de misericordia! Perdón, olvidé que quien daba esta parábola es Jesucristo, el que sin embargo es misericordioso y justo.

 

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