¿Católico? ¿Qué Es Eso?

Me he puesto a pensar en eso de ser católico. Cosa extraña se ha vuelto. Rara conducta que merece ser estudiada.

Mis abuelos iban a misa todos los domingos y me decían que era pecado faltar una sola vez. «¡Tan importante debe ser ir a misa que hasta a Dios ofende si falto!» me decía. Y hasta tenía una ropa especial, no sea que yendo al más importante evento de la semana, con mala facha me presentara.

Pero hoy me dicen que lo que vale es lo de adentro, que la misa no importa tanto, sino solamente aquello que hacemos por el prójimo. Y pensar que los que aquello dicen, no sabe quién es el prójimo, y si lo encuentran solo se contentan con darle unos pesos de despedida. Eso sí, con todos los bombos y platillos que se tenga, porque «lo bueno, se debe dar a conocer».

Mis abuelos me decían que el cuerpo era cosa sagrada, que la ropa debería ser «¡Decente, mi hijo!», lo cual significaba que no podía estar mostrando los cueros a todo el mundo. Todos –no sé cómo– sabíamos exactamente el límite entre lo decente y lo indecente. ¿Quién no lo sabía?

Pero hoy, nadie sabe qué es la decencia. O peor, qué cosa extraña sea eso del pudor. «¿Pudor? ¿Qué significa “pudor”?» Lo que interesa es que la ropa sea cómoda y que estemos a gusto. Lo otro no tiene peso ni valor. Hoy se ofrece el cuerpo sin importar el comprador, porque cuantos más sean quienes lo deseen, aunque rufianes o viciosos, mejor uno debe sentirse.

Mis abuelos me decían que el noviazgo era cosa seria. Un buen partido era el trabajador y estudioso, aquel que asegurase a la niña y a sus futuros hijos una familia feliz. Que el noviazgo era cosa para tener cuidado y que bastaba con verse algunas horas, y bajo la mirada de un adulto, por si acaso.

Pero hoy, los novios casi viven en concubinato, el desorden está a la orden; y por si acaso, hay que probar si hay amor. Total, el amor se compra en la farmacia y se desecha en el inodoro. Amor, amor, amor, pero nadie sabe a ciencia cierta qué cosa sea ese tal amor. Amor de novios, locura de un día, a lo sumo de un año. Total, para jugar hay muchos y no hay que aburrirse con uno.

Mis abuelos tenían muchos hijos: unos 3 y otros 12. Decían que era cosa de Dios recibir todos los críos que Él mande. Los educaban para que sirvan a la patria y para que no se comporten como bandidos.

Pero hoy, me dicen que hay que tener pocos hijos, para cuidarlos mejor y darles mayor dignidad. No sé qué dignidad es esa que enseña a los hijos a ser soberbios y egoístas, a no valerse por sí mismos y a reclamar de todo. Lo que en verdad deberían decir es que les molestan los niños, y que si fuera posible los impedirían antes mismo de existir. ¿No hay que vivir, acaso, la vida? Y muchos hijos, seguro lo impediría.

Mis abuelos me decían que los mandamientos se cumplen a pie juntillas y sin chistar. Que las ganas hay que dejarlas para el baño, que para lo demás hay que poner voluntad. Así hacían de nosotros hombres y mujeres que miraban al futuro con la frente en alto, esa frente vacía de soberbias y llena de certezas, gracias a las cuales sabíamos donde pisar.

Pero hoy, todos reclaman libertad como el bien supremo; que todos podemos y debemos hacer lo que queramos, con la única condición que no trunquemos la libertad de los demás. Pero esto es un gran engaño, porque la libertad no es tal sino solo referente al bien verdadero, y ¿quién me puede decir hoy qué es el bien y dónde está la verdad? Pues entonces, ¿de qué libertad estamos hablando? Estamos hablando de la misma libertad que tiene un bandido de entrar a una casa a robar porque esta no tiene muros.

Mis abuelos decían que ser católicos era ser gente, que la verdad era una sola y que el mundo debería encarrilarse según Cristo.

Pero hoy me dicen que ser católico es ser retrógrado, que la Iglesia debe modernizarse, que si queremos seguir existiendo debemos adaptarnos al mundo.

¡Qué cosa! ¿No? Que cosa extraña es ser católico.

This Post Has 2 Comments

  1. Maria Efigenia Lezcano Micale

    que al elegir marido, mire su familia y si estudia o trabaja!!

  2. Ariel Maidana

    Mis abuelos decían que ser católicos era ser gente, que la verdad era una sola y que el mundo debería encarrilarse según Cristo.

    Pero hoy me dicen que ser católico es ser retrógrado, que la Iglesia debe modernizarse, que si queremos seguir existiendo debemos adaptarnos al mundo.

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