Ahí Va El Mal Pastor, Cobarde Como él Sólo.

Mucho se habla de los “signos de los tiempos”, pero en realidad casi nadie sabe a ciencia cierta qué será eso de “los signos”. Algunos piensan que se tratara una suerte de “señal de lo que Dios quiere que hagamos”, pero en realidad, según el contexto de las palabras de Mateo 25, los signos de los tiempos parecen ser una señal de que vamos para peor.

Un “signo de los tiempos”, pero de los tiempos finales, es la aparición en escena, cada vez más conocida, del mal pastor. Este personaje no es más que la antítesis de Cristo, Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas. Esta figura -la del Buen Pastor- sería suficiente para retratar la imagen de aquella nefasta figura -la del mal pastor- que ocupa cargos eclesiásticos y que hoy ostenta el poder de callar la voz de cualquiera que osare disentir de sus modales irenistas y agelatinados.

El Papa Francisco ha llamado a los pastores a tener “olor a oveja”, imagen que -confieso- me parece muy apropiada. Quisiera por eso, para que aquella metáfora quede más clara (desde mi pobre perspectiva) indicar cómo es el pastor que NO TIENE “olor a oveja”.

Sin pretender hacer un documento exhaustivo, ni siquiera un tratado, delinearé la imagen del mal pastor, rogando a Dios que yo mismo, siendo sacerdote, me mantenga alejado de semejante figura, aunque para ello tenga que dar por finalizada mi jornada terrenal:

  1. El mal pastor NO DA LA VIDA POR SUS OVEJAS. No es capaz de ofrecerse por ellas, ni mucho menos morir por ellas. Preocupado como está de sus prerrogativas y privilegios, es incapaz de dejar nada para ir detrás de la oveja perdida. ¿Cuáles privilegios? Cualquiera que tenga, cualquiera cuya pérdida se pueda temer, cualquiera que le haga pensar dos veces antes de decir una verdad, defender a un perseguido o, incluso, oponerse al superior injusto. Aquí entra toda aquella pléyade de pastores que por seguir en sus cargos prefieren cerrar la boca y hacer de cuenta que nada han visto.
  2. El mal pastor NO ALIMENTA A SUS OVEJAS con la Sagrada Eucaristía, sino que las empacha con doctrinas insustanciales, comida chatarra, dandole a la oveja la impresión de saciedad y engordándola con una ración sin apenas valor alimenticio. Estos alimentos de “cuarta” dejan a las ovejas contentas, pero no las alimenta, no las fortalecen; las engordan de manera desmedida hasta dejarlas en sobrepeso de amor propio y egoísmo. Así son los pastores que prefieren anteponer el agrado popular y la costumbre “de la gente” a la belleza y pedagogía de una liturgia bien celebrada.
  3. El mal pastor NO REZA POR SUS OVEJAS, porque piensa que la oración no servirá de mucho. En definitiva, porque ha perdido la fe. Es más, como sabe que las ovejas no verán si él reza o no, porque la oración la tendrá que hacer fuera de la vista de las ovejas, la cree despreciable, una verdadera pérdida de tiempo. Como prima el voluntarismo, no hay espacio para la confianza en Dios y su Providencia. Prima la acción, el hacer sobre el ser. Y como el Pastor se ha convertido en un buscador de la propia fama, imitar a Cristo es lo que menos le importa -si es que todavía le importa algo. Lo que le preocupa es su propia fama mediática: “¿Le gustó a la gente lo que dije?“.
  4. El mal pastor SE ESCONDE, no se deja encontrar por las ovejas, pues -obviamente- cree que las ovejas son para él una pérdida de tiempo. Obviamente, hay ovejas y ovejas, y las que interesa al Pastor son las que le proporcionan consuelos y bienes sensibles: son las que pagan más y mejor, las ovejas que invitan a una cena mejor, las que ofrecen mejores estipendios, las que tienen casas más acogedoras, las que tiene mejor fama. A las demás ovejas, pobres y descarriadas, que necesitan y claman ser cargadas hacia fuera del barranco, “diles que no estoy“.
  5. El mal pastor SE OCUPA DE OTRAS COSAS distintas de su ministerio pastoral y sacerdotal. Olvida que ha sido enviado a las ovejas perdidas, al hombre que necesita ser redimido, necesita ser salvado para la vida eterna. Olvida principalmente su ministerio sacerdotal, olvida que ha sido llamado y enviado a santificar a los fieles con la fuerza de los sacramentos que sólo él (¡Sólo él!) puede administrar. Así, se dedica a cualquier otra cosa, menos a lo que corresponde a su sacerdocio, dejando enmohecer semejantes dones, ofreciendo la miseria de su sonrisa vacía y no la riqueza de la gracia que ha recibido gratis para darla gratis.
  6. Al mal pastor LE PREOCUPA SU PROPIO BIEN, y por eso teme lo que pueda poner en peligro su comodidad. Y cuando debe hacer algún bien por las ovejas, piensa primer qué él ganará, o qué perderá, o qué consecuencias tendrá para él. No le importa la verdad, le importa “su” verdad, que son sus beneficios y prerrogativas.
  7. El mal pastor NO GRITA cuando ve al lobo. Porque también él le siente pavor. Quizá por haber recibido favores del lobo en otros tiempos. No grita porque el lobo lo amenaza y le hace creer que es más fuerte. Allí está el pastor, gordo y empalagado con los placeres mundanos; su gordura mundana no le permite gritar, y si lo hace, es para pedir auxilio para él mismo. Contempla cobardemente cómo las ovejas son devoradas por el lobo, y solo atina a levantarse y escapar para salvar su propia vida. Tampoco “grita” la verdad, no la anuncia, sino que la esconde, por miedo a “asustar” a las ovejas: le parece mejor que las ovejas sea atrapadas y muertas por sorpresa a que sabiendo de los peligros puedan salvarse. No habla, no pronuncia palabra, no advierte en contra de los enemigos, deja morir.
  8. El mal pastor, en fin, NO COMBATE al enemigo. Quizá porque no lo vea a causa de su vista dañada y su audición podrida, tan acostumbrados a músicas sensuales y a bellezas pasajeras. Quizá no combate por cobarde, que es la más de las veces. La cobardía es hoy, seguramente, la cualidad propia de los pastores, su característica primordial, derivada de su falta de amor verdadero por el bien de las almas. El pastor se ejercita, pero para huir ante el menor peligro: “porque si digo estás cosas, a la gente no le gustará“. Así, el pastor tiene más miedo al que dirán de unos pocos que al juicio divino. Si fuera tan medroso, debería más bien temer no a los que pueden perder sólo el cuerpo, sino a Aquel que puede arrojar el cuerpo y el alma al fuego que no se apaga. Pero como ya había perdido la fe, no cree que siquiera sea posible su condenación

Vivirá entonces el mal pastor anclado a este mundo, preocupado por su puesto, enceguecido por el resplandor de su corona, la cual le será quitada, si no por el mismo lobo, que vendrá a por él cuando acabe de devorar a las ovejas, por el que un día le dio esa corona y que se la reclamará con las obligaciones que le eran propias.

Deus, miserere nobis.

 

 

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