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A alguien de nuestra comunidad le habían preguntado lo siguiente respecto a nuestro apostolado: ¿Qué cosas hacen por la sociedad y qué cosas hacen por la Iglesia? Y al comentarme sobre esta conversación acabé dándome cuenta que casi todos piensan que trabajar por la iglesia no es lo mismo que trabajar por la sociedad. Voy a tratar de hacer en este breve artículo una exposición sintética –un tanto superficial– sobre la influencia de la Iglesia en la sociedad y la necesidad de replantear cualquier visión dicotómica del servicio: ¿Iglesia o Sociedad?

Cuando en el s. V la civilización occidental se desmanteló ante las invasiones bárbaras, se creyó que todo había sido derrumbado en el más profundo e insalvable caos. Al ser invadidos por numerosos pueblos vecinos que nada tenían de civilizados, todo lo que sabemos del esplendor griego y romano cae. Cae el Imperio Romano y aquello que parecía lo mejor de la humanidad, se hacía añicos en el más oscuro desorden: la ciudades destruidas y sin brillo, los pueblos barbarizados en sus costumbres, la moral poco más que animalesca… un cuadro tan difícil de imaginar como real –o no tan difícil pensando que hoy no estamos tan lejos. Los pobres eran victima constante de ladrones y asesinos, el poder público inexistente era sustituido por la justicia privada y si alguno menos favorecido quisiera protección, era mejor ponerse al servicio –medio esclavitud– de algún otro más fuerte que lo protegiera (así se formó el sistema feudal de la edad media).

En este contexto de desorden y confusión, la Iglesia aparece como institución fuerte que sostiene a la Europa medieval de la completa “salvajización”. Si todo el poder público había desaparecido, en muchos lugares, el único poder capaz de organizar a todo un pueblo era el del Obispo. Los Obispos ejercieron esta autoridad temporal con toda fuerza para defender a su gente. Baste recordar como el Papa León I salió con todos los paramentos litúrgicos a recibir a Átila, comandante huno, cuando este quería invadir Roma; el Obispo logro disuadirlo de su terrorífica intención y así salvó al pueblo romano. Pero no piensen que San León se dedicaba a hacer discursitos politicoides en las plazas o a viajar de país en país firmando tratados y convenios. No. Celebraba Misa. No salió con documentos credenciales delante del invasor, sino con ornamentos litúrgicos con los que celebraba Misa; y Átila se quedó sorprendido por su presencia majestuosa –que nada tiene que ver con la pobre estola arrugada y el alba medio empolvada de algún cura. Roma se salvó por mucho tiempo más de los bárbaros. ¿Por qué no hacemos lo mismo a ver si no nos libramos de nuestros bárbaros? Lo cierto es que el renacimiento europeo se dio gracias a la Iglesia que puso su sabiduría e influencia al servicio de todos los pueblos. El resultado feliz de un proceso de siglos desembocó en la Europa medieval de feliz memoria. Una europa esplendorosa, donde nace las universidades, brillan los estudiosos del derecho y se cruzan los santos: Francisco, Domingo, Tomás de Aquino. Grandes tiempos aquellos. Ciertamente, sin Iglesia no hay Europa.

Más tarde, la Iglesia es golpeada por las acometidas de un Lutero que pensando hacer el bien tuvo ángeles cambiados en demonios. Pero él prefirió así, y ante la revuelta general y el caos renovado de la sociedad, ahí estaba de nuevo la Iglesia siendo factor de reordenamiento social, no por cursos de acción ciudadana, sino por la predicación y –para disgusto de muchos– por la celebración de la Misa. San Ignacio de Loyola ha demostrado así todo el carisma que solo podría haberle venido de lo alto, al enfrentar con fuerza “evangélica” a estos hijos pródigos de la gracia divina.

Apenas recuperada la Iglesia –y la sociedad–, los sapientísimos planes revolucionarios en Francia, ideados por mentes tan “iluminadas”, han procurado libertarse de la Iglesia, “que tanto mal hacía” –ya ven cuanto–; pero esta, que buena madre y maestra es, tampoco guardó sus fuerzas solo para rezar paternosters y avemarías entre los cañonazos que se oían desde la Bastilla. En este momento aparece en escena San Juan María Vianney, el patrono de los Párrocos –a muchos de los cuales el Santo Cura debería dar algunas penitencias medicinales–, y convierte a los moradores de un pueblucho olvidado de Francia –es Ars, no Ar, por poco– en piadosos y penitentes; y todo esto en medio de fogonazos revolucionarios que decapitaban a cuanto cura y obispo encontraban por el camino.

Hay muchos ejemplos más, pero si los escribiera todos no habría lugar en el mundo para contener tantos libros. La historia de la iglesia –bien estudiada obviamente, no solo para pasar de curso– nos enseña que la función de la Iglesia tiene ciertamente un efecto transformador en la sociedad, pero no por discursos políticos, sino por su dedicación a las cosas divinas. Porque la Iglesia es puente entre Dios y los hombres, debe ser puente de aquel orden que solo en el cielo podremos encontrar. Querer crear un orden al margen de Dios es una estupidez tamaña más bien digna de pena que de risa. Pero hoy testimoniamos agentes pastorales –término este medio ambiguo para todo el “funcionariado eclesiástico”– que prefieren dedicarse a cosas sociales y de “bien común” que dedicarse a aquello que solo la Iglesia puede hacer. La liturgia, la oración y la predicación son mayores obras de bien común que la construcción de comedores, refectorios y albergues. Estas son obras muy buena –no me acusen de pietista, por favor– pero eso lo puede hacer mucha otra gente. Sin embargo un pueblo inmoral y semi-pagano lo único que seguirá produciendo son pobres y más pobres y mendigos y prostitutas. Creo que solución más inteligente es dar la medicina al niño que andar recogiendo catarro. Al pueblo inmoral y semi-pagano es necesario anunciarles a Cristo, y eso solo con la liturgia, la oración y la predicación –la repetición es a propósito.

Vittorio Messori, famoso periodista italiano, en su libro “Leyendas negras de la Iglesia” critica la pastoral de América latina que fuertemente tiende hacia una teología de la liberación temporal –o sea de los problemas de este mundo, como si fuera que librarse del pecado ya no fuera mucho– y dice que la Iglesia Latinoamericana esta con los pobres, pero los pobres no están con ella, porque cada día más y más católicos se pasan a otras sectas y denominaciones cristianas. ¿Qué está pasando? Muy fácil. Los católicos han perdido la fe. Y como ya no creen que Dios les libra del mal y les da lluvias y buenas cosechas –porque en internet se encuentran todas las predicciones… dicen– y buen viaje –porque ya tenemos seguro de vida (¿?)–, entonces se lanzan a dejar los altares donde antiguamente –creo que sigue ahí– estaba Dios para, en el peor de los casos, transformar la capilla en salón de mítines políticos o depósito de ropas y alimentos recolectados.

Dad a Dios lo que es de Dios y tendrán una sociedad de acuerdo al orden de Dios. Al resto, dadle lo que les corresponde; pero por favor, no den a los demás lo que es de Dios y creer que a Dios no le importa. Los únicos perjudicados somos nosotros. La Iglesia para lo suyo y eso basta: las cosas divinas. Si queremos volver a producir santos como aquellos, tan grandes e insignes, es necesario volver a encallecer las rodillas y desgranar el rosario, vestir escapulario y hacer penitencia. Preferir Hostia o papas fritas no es solo una cuestión de elegir algo al azar o por gusto, la elección determina la civilización que queremos. Por la Hostia, un mundo más humano, por las papas fritas, lo demás.

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